Historia de la Iglesia Mormona en La Plata - Rodolfo Saltalamacchia
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RODOLFO SALTALAMACCHIA

Rodolfo Saltalamacchia Entrevista realizada por Hugo Olaiz el 22 de diciembre de 1993 en Don Bosco. Revisada por Rodolfo en septiembre de 1994.


Mi niñez en el campo

La historia de mi familia era triste. Tenía cinco hermanos pero cada uno tomó para su lado, yo era el menor1. Mi padre estaba ciego y yo no tenía un sostén2. Mis padres me enseñaron honestidad y principios, pero la Iglesia, además de principios y normas, marca un estilo de vida. Ese estilo de vida se transforma en una manera de vivir.

Vivíamos en el campo. A los seis años, mi hermana me enseñó a rezar el Padrenuestro. Yo era muy devoto de la Virgen de Luján. Me crié en un hogar creyente, de Dios y la Virgen. Pero desde los 7 años fumaba y bebía muchísimo. Me emborrachaba con cualquier cosa y fumaba toda clase de cigarrillos. En el boliche de la esquina de mi casa, en el campo, había un sótano con botellas de cerveza. Mis amigos y yo abríamos la ventanita del sótano e introducíamos una caña con el lazo que utilizábamos para cazar perdices. Entonces le robábamos al almacenero las botellas de cerveza. De ahí nos íbamos a un molino del campo para enfriar la cerveza. Así transcurría mi niñez.

Fumaba cigarrillos de chala y de zarzaparilla. Cuando crecí un poquito más me hice un palito con un alfiler y empecé a recorrer los boliches. Entonces recogía los puchos, los ponía en una pipa de caña que me había hecho, y fumaba como un escuerzo. Esos puchos, que eran lo peor del cigarrillo. Mi mamá me veía y me decía: “Pero Rodolfo, yo te alimento tan bien y sin embrago, ¡qué pálido que te veo!” Y para que mi madre no se diera cuenta, me iba a las vías del ferrocarril donde había hinojo. Le ponía un poco de vinagre y aceite, y recién entonces iba a casa. Así que cuando llego a la ciudad, el 3 de marzo de 1930, me encuentro con algo nuevo y mi vida se transforma.


Primeros años en La Plata

Mi padre estaba ciego, mi mamá enferma y había problemas económicos en la familia. Yo tenía que estudiar en el Colegio Industrial y caminaba 80 cuadras por día. Tenía un problema: se me gastaban los zapatos, y no tenía dinero para ponerle la media suela.

El 8 de diciembre de 1930 tomé la comunión en la basílica del Sagrado Corazón de Jesús, donde era un boy-scout. El sacerdote dijo: “Éste es el día más feliz de sus vidas”, pero yo no lo sentía así: Mi padre estaba ciego, mi madre enferma, y en casa teníamos apremios económicos. Además había ido solo a tomar la comunión. Me llamó la atención que el sacerdote repartió la hostia y dijo: “No la muerdan, porque tienen el cuerpo de Dios en la boca.” Esas palabras me produjeron una sacudida, una verdadera conmoción. No llegué a comprender la personalidad de Dios. Ese fue el día último que entré a la Iglesia Católica. Lo de “tres dioses en uno” tampoco me convencía. Me fui de la Iglesia Católica por ignorante, y por estar confundido. A pesar de que yo había aprendido el catecismo, no había aprendido a identificar a los seres que estaba adorando. Entonces empecé a investigar. Me metí con los espiritistas y estuve dos años con ellos. Anduve buscando algo, hasta que me encuentro con la Iglesia.


Casa de calle 62
Casa de calle 62 entre 13 y 14
Mi primer contacto con la Iglesia

A mí muchas veces me preguntan cómo conocí la Iglesia, y les contesto que es el resultado de una pobreza. Como mis padres eran enfermos y en casa había necesidades, yo no tenía la oportunidad de ir a otros centros culturales, o a otro club. A mí me hubiera gustado ir a jugar al básketbol al Club Estudiantes de La Plata, pero no tenía el peso para la cuota mensual. Tenía 16 ó 17 años, y era medio intelectualoide: Me gustaba meterme en las conversaciones de los grandes. Leía La Nación, hablaba de Chateaubriand y de muchas otras cosas de las que no entendía nada, porque no tenía la capacidad para ello.

Con mi familia habíamos vivido varios años en calle 62 Nº 934. Cuando tuve mi primer contacto con la Iglesia ya no vivía ahí, pero yo siempre volvía a mi viejo barrio. Un día encontré un folleto tirado en el suelo, en la calle frente a calle 62 Nº 938. En esa dirección funcionaba el primer local de la Iglesia en La Plata. Se nota que los misioneros habían repartido folletos a la gente y que ésta los tiraba. Era un folleto de dos páginas que decía “Conozca la antigua civilización americana”, etc. Lo leí y me metí de curioso, para ver qué era eso, porque tenía interés de saber. Me meto. “La reunión se realizará a las 18:00 horas, en calle 62 Nº 938, entre 13 y 14”. Y ahí me fui. Y me encuentro con cuatro norteamericanos que hablaban más inglés que castellano.

Allí estaba el Presidente Ernest Young, que inauguraba la primera reunión en La Plata. Yo estaba esperando hablaran castellano, y resulta ¡que estaban hablando castellano! El único que hablaba bien era el Presidente Young, que era mexicano. Yo escuchaba, pero a los 20 minutos ya no aguantaba más porque eran unos bancos rectos, dos tablas horizontales y dos verticales. Era una tortura: yo no entendía a los misioneros y no sabía nada de la Iglesia. Esa primera reunión estaba el presidente Young, los 4 misioneros, y yo. Entre los misioneros que estaban presentes recuerdo a los Élderes James Mortensen, Ross Holland, y Lavon Flake.


Bautismo de Rodolfo Saltalamacchia, Punta Lara, 25 de mayo de 1938. LaVon H. Flake, Jay R. Beus, James A. Mortensen, Rodolfo Saltalamacchia, Jesse B. Smith y Ben R. Allen.
Mi conversión y mi bautismo

Hay muchas cosas en que yo puedo estar en desacuerdo con la Iglesia, pero hay algo que no puedo negar sobre mi conversión: fue el Espíritu Santo que me tocó. Al aceptar la Iglesia, tenía 17 años y tuve que hacer un cambio total. Cuando conozco la Iglesia, me interesó el asunto de que no había que fumar ni tomar. Uno cuando es joven está buscando su propia personalidad e individualidad, y los modelos para imitar. Yo tuve la suerte de encontrar un buen modelo: los misioneros. De la Iglesia no conocía nada, pero me gustaba el modelo de los misioneros. Como lo declaró David O. McKay, “La piedra clave de toda religión, es la calidad de hombres que ella produce”.

Cuando venía un investigador, se le daba chocolate, o salchichas, pero la cosa era atraerlo. Con los misioneros nos reuníamos en la cocina, me invitaban a cenar a la noche: Un vaso de leche, una banana y dulce de leche. Esa era la cena. Entonces empecé ver las contestaciones. Por ejemplo, yo quería saber quién era Dios, porque ese Jesucristo que recibía en la boca con la hostia ya no me convencía. Entonces empecé a ver quién era Jesucristo, etc. Conocí la Iglesia a muy grandes rasgos, pero lo único que hicieron era darme nociones muy generales. Me empezaron a explicar, pero de la organización, la estructura e historia de la Iglesia no sabía nada. Yo leía el Libro de Mormón pero era muy poco lo que entendía. Por eso hoy estoy convencido de que fue el Espíritu Santo que nos guiaba y nos ha dado la fortaleza y la fe necesarias.

Ahora, uno entra en un campo de interrogante. Pensar que en esa época en la Plata habría tal vez unos 250.000 habitantes, y yo fui la única persona que acepta. Era de llamar la atención, porqué yo y no otro, y por qué me tomó con tanta fuerza, poder, para trabajar en la Iglesia y preocuparme por independizarme, trabajar en ella, etc.

Le dije a mi familia: “Este es el último cigarrillo, y éste es el último vaso de vino que tomo”. Mis compañeros en el colegio me decían:

--¿Cómo, no fumás más?

--No.

--¿Y cómo, no tomás más?

--Tampoco.

Entonces ya había entrado como que yo era un mormón. Ya era el tipo diferente. Esto me recuerda un poema de Robert Frost que escuché en la película La sociedad de los poetas muertos:

Una vez hallé ante mí
dos caminos divergentes.
Yo escogí el menos trillado;
Yo elegí ser diferente.

Nosotros fuimos diferentes, nos hicieron diferentes, porque decidimos tomar el camino menos trajinado. Y el mío no era “el menos trajinado”, sino que era un camino totalmente virgen, porque era el primer miembro. Y no conocí nada. Pero los misioneros me dieron muchas respuestas. Y yo tenía un gran deseo de encontrar algo que me fortaleciera.

La condición para ser miembro era que había que esperar seis meses para ver si uno realmente se había convertido. Yo estaba en ese período, pero como los misioneros no hablaban bien castellano me llevaban a predicar a Haedo. Allí estaba el Hermano Samuel Borén, Sciorra, etc. Yo no era miembro todavía, pero ya estaba predicando lo poco de doctrina que sabía.

En casa dije que me iba a bautizar, y ellos pensaron: “Éste es loco.” Pero veían algo positivo: Yo había dejado de tomar y de fumar. En el estudio andaba siempre bien. Me bautizo un 25 de mayo de 19383. Hacía un frío tremendo y me bautizan en Punta Lara, en el Río de La Plata. Y el día que me bautizo los Taylor me hicieron un chocolate en la casa de ellos.

Y a partir de entonces, además de las 80 cuadras que hacía caminando (teníamos que ir a la mañana y a la tarde), tenía que hacer 40 cuadras para ir a la Iglesia, donde teníamos a los chicos de la Primaria [en 67 y 22].


Aprendiendo a dar discursos

Para los misioneros norteamericanos era muy importante que nosotros aprendiéramos a hablar bien, porque ellos era poco y nada lo que hablaban. Pero si nosotros aprendíamos a hablar bien, entonces podíamos ayudarlos a ellos a predicar el evangelio a nuevos investigadores. En la casa de 67 y 22, teníamos las actividades sociales de la Mutual, y el objetivo era aprender a hablar y dar discursos. En una botella de leche poníamos papelitos con temas. No eran temas teológicos, sino cosas como fútbol o cualquier otro tema. Poníamos la botella en el medio del salón, nos sentábamos alrededor y la hacíamos girar. Cuando la botella se detenía, la persona apuntada tenía que sacar un papelito y empezar a hablar. Así nos desinhibíamos y nos fogueábamos como discursantes.


Una conversión teológica

Había una conversión teológica, pero no sabíamos nada ni de la historia ni de la organización de la Iglesia. Tampoco conocíamos a las autoridades generales. La primera autoridad general que vino fue en 1948, cuando llega el primer consejero de George Albert Smith: Stephen L. Richards. Recién entonces se aggiornó un poco la Iglesia.

No había burocracia ni tecnicismo. Lo único que había era mucho amor. Era una época muy linda, éramos como una familia, y teníamos un gran amor. Fueron los mejores años de mi vida. De la Iglesia practicábamos los principios, Palabra de Sabiduría, etc., y tomábamos la santa cena, pero era poco lo que sabíamos de la iglesia.

Cuando era Presidente de la Rama de Echezortu (Rosario), recibimos el libro recién traducido de Doctrina y Convenios. Cuando yo lo leí, me quise separar la Iglesia. Llamé a mis dos consejeros y les dije: “Miren, yo no sé en qué Iglesia me metí.” Para eso, yo ya era un élder, pero vi tantas cosas de la Historia de la Iglesia que si yo las hubiera conocido antes, seguro que no entraba. Es recién después de muchos años que me entero de la estructura de la Iglesia, el origen, etc.


Los cincuenta años más felices de mi vida

A partir del año 1930 hubo una crisis económica muy grande, no había trabajo. La mayoría de las familias de los primeros miembros en La Plata eran familias humildes. Pero había principios de honestidad y de decencia. La juventud estaba metida en cosas sanas: el fútbol, los deportes. Vivíamos una época más feliz, menos competitiva. Ahora no hay tiempo para la reflexión y la comunicación.

Los cincuenta años más fértiles, más útiles de mi vida fueron dados a la Iglesia. Yo viví con la Iglesia, viví por los principios, aun dejando parcialmente de lado a mi propia familia. Siempre en la Iglesia hay necesidad de alguien que haga algo. Si uno no llevaba el pan, no había santa cena. Uno tenía que asegurarse de que los vasitos de vidrio estuvieran limpios (los hervíamos). Éramos el factótum. No podíamos faltar. Los domingos teníamos reuniones todo el día: Sacerdocio y Escuela Dominical por la mañana y Reunión Sacramental por la tarde. No quedaba tiempo más que para ir a comer a la casa al mediodía, era una actividad muy absorbente.


La primera orientación familiar

Además éramos maestros orientadores en serio. Nos compenetrábamos de los problemas de los hermanos. Recuerdo siempre mi primera visita como maestro orientador. Con Rolf Salvioli y el Élder Ben Allen, nos fuimos caminando desde 67 y 22, donde teníamos la Iglesia, hasta Gonnet a visitar una familia de apellido Quesolante. Fue una de esas experiencias hermosas e inolvidables. El Élder Ben Allen era un misionero extraordinario.


Primaria de 67 y 22
Primera primaria de la Rama La Plata, año 1937. Casa de 67 y 22. El Elder Morris Nelson aparece aquí con vecinitos del barrio. En cuclillas, a la derecha, aparece Hugo N. Salvioli. Foto tomada por el Elder Richard J. McBride.
Haga Patria: Mate a un ruso

De manera que por algún tiempo yo fui no sólo el primer miembro, sino también el único. Pero en calle 67 y 22 es donde realmente empezó la Iglesia, con un grupo de gente. Los Salvioli, las hermanas Gaite, Negrita Pache, etc. Todos chicos del barrio. Al principio, nadie nos conocía. En esa época había un dicho que decía: “Haga Patria, mate a un ruso.” Y como los misioneros rubios parecían rusos, los chicos del barrio les gritaban: “Haga patria, mate un ruso.” Pero los misioneros supieron hacerse amigos de los muchachos del barrio.


La primera Primaria

En la casa [de 67 y 22] yo había preparado un cartel pintado que decía: “Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Nos gritaban de todo y nos arrojaban piedras. Eran cosas de muchachos, pero lo interesante es que algunos de esos muchachos después empezaron a venir a la Iglesia. Por ejemplo, Melo. Antes de la Primaria, los misioneros y yo bañábamos a algunos de los chicos. Con el Élder Ben Allen habíamos preparado un caño perforado. Entonces abríamos la canilla y los chicos se metían debajo. Y después, a la Primaria.


Casa de calle 18
Casa de calle 18 entre 63 y 64
“Presidente” Saltalamacchia

En el año 1937 se va el Presidente Ernest Young y me encomienda ocasionalmente los misioneros, indicándome que los deja a mi cargo y bajo mi responsabilidad. Yo tenía 17 ó 18 años, pero me consideraba representante del Presidente de la Misión y me había tomado la asignación en serio. Iba a la casa a las ocho de la mañana y sacaba a los misioneros de la cama a los saltos. Los pobres élderes eran buenísimos, pero no había investigadores. Los únicos investigadores eran los amigos del barrio. También estaban los Taylor, Daisy, Mazzuchi, etc.


Mudanzas

Después nos mudamos a calle 18 entre 63 y 64. Allí empiezan a venir los hermanos Lencina, que provenían de una familia modesta. Teníamos la inquietud de hacer algo, entonces con Rolf Salvioli y con otros fundamos la Biblioteca Belisario Roldán. Conseguíamos libros de cualquier lado con tal de tener una biblioteca. Éramos todos jovencitos. Para carnaval hacíamos bailes.

Pero de la Iglesia, conocíamos poco y nada. De genealogía, por ejemplo, había hechas a mimeógrafo una hojas que decían: “Su Linaje”, pero nosotros no sabíamos nada de nada. Era más bien una sociedad civil bajo el aspecto de una religión.

Revelación de
los Últimos Días
El Libro de Mormón, edición de 1929.
Revelación de
los Últimos Días
Revelación de los Últimos Días, edición de 1933.
No teníamos manuales, libros, ni otros materiales. El libro máximo que teníamos era la Revelación de los Últimos Días. Mi ejemplar me lo había regalado el Élder James R. Beus. Era una selección del Libro de Doctrina y Convenios de 134 páginas, 12 centímetros de ancho por 16 de alto. Y el Libro de Mormón que teníamos era la edición antigua, del año 1929. Yo tengo el mío dedicado por el Élder Karl N. Fenn.


El Plan de Bienestar

Después nos mudamos a la casa de calle 63, a la casa de un lechero. Era una época en que faltaba la papa. Nosotros con la Mutual hicimos un baile, y la entrada consistía en donar fideos, fósforos, etc. Después vendimos esos fósforos y fideos y comparamos papas. Entonces el lechero nos prestó el terreno del fondo y sembramos papas. Y más tarde cosechamos, de manera que esa temporada todos los miembros de la Iglesia tuvieron papas. Fue la primera vez que implantamos el plan de Bienestar en La Plata. Ese terreno después fue la cancha de básketbol.


Foto tomada probablemente el día que la Rama de La Plata presentó Paturuzú en busca del cielo, Liniers, aprox. octubre 1938. Atrás: Sr. Capano (amigo de la Iglesia), el Elder Morris E. Nelson y Rodolfo Saltalamacchia. Fila del medio: Estanislao y Juan Ureta, Tato Lencina, Juan Carlos Párraga, el Elder Lavon Flake. Adelante: Máximo Corte, Rolf Salvioli, Hugo Salvioli, Raquel Lencina y Blanca de Falchi.
Las convenciones en Liniers

Nos conocíamos todos. Cuando me bauticé había alrededor de 250 miembros en todo el país. La obra en Uruguay y en Chile todavía no se había abierto, o no sabíamos de ella. Se hacía una convención bianual y nos reuníamos todos. El 7 de abril de 1947 se inaugura la primera capilla en la calle Toneleros, en Liniers. Yo recuerdo cuando la empezamos a hacer.

Durante una de esas convenciones, la Mutual de La Plata participó en un gran certamen en Liniers, y nosotros nos sacamos un premio. Yo recuerdo que tenía que hacer de Diablo y me habían pintado la cara con lápiz de labio. Después no me lo pude sacar y tuve toda una semana la cara colorada. Blanca de Falchi fue una de las que nos acompañó en aquella ocasión.


Mis llamamientos en la Misión

Cuando trabajé en la Misión me tocó recorrer y organizar el Sacerdocio de Melquisedec y el Sacerdocio de Aarón. Tenía las responsabilidades de la familia y el trabajo. Mi hijo tenía asma y estaba semi-paralítico. Pero venía el Presidente de la Misión y me decía: “Hermano Saltalamacchia, hay que ir a Pergamino porque tenemos este problema.” Y salíamos corriendo. Así resolvimos problemas de los misioneros y miembros, visitamos a hermanos en el hospital y adquirimos o alquilábamos propiedades para la Iglesia. Me tocó dormir en bancos, pasar fines de semana lejos de mi hogar buscando edificios para comprar. Era un trajín enorme en ese momento de crecimiento de la Iglesia.

En el año 1946 me tocó reabrir la Rama de Bahía Blanca con el Hermano Looney. Después fui Presidente de Rama en Rosario. Era el año 1948, cuando no había misioneros. Con Hugo Ludueña teníamos que mantener dos ramas. Terminábamos una y teníamos que correr a la otra. Además debíamos hacer de maestros visitantes y todo lo demás. En Rosario me tocó tener todos los llamamientos, menos el de ser Presidenta de la Sociedad de Socorro. Hasta teníamos que ir a limpiar. Salíamos corriendo de Rosario, comíamos unas tortas negras en el camino, y entonces íbamos a hacer las reuniones a Arroyito. Y después teníamos que ir a Santa Fe. Yo era recién casado y tenía que hacer todo eso. Al Hermano Rovira, en Rosario, yo le decía: “Llevá a mi señora a la confitería tal y espérenme allá”. Yo era el Presidente de la Rama y tenía que hacer entrevistas. Era una época pionera.


Rolf Salvioli, Hugo Salvioli y Rodolfo Saltalamacchia.
Los primeros líderes

Las familias que se bautizaban, permanecían en la Iglesia. Todos los hombres de aquella primera época fueron los líderes que mantuvieron la Misión y sostuvieron el progreso de la Iglesia por décadas. Se podrían comparar a un mástil que sostiene una gran carpa. Todos están debajo de la carpa. Y esos puntales son los primeros miembros del años 35 a 37, que se bautizaron. Están por ejemplo el Hermano Gianfelice, y su padre Donato. Uno iba Liniers y se entendía poco o nada, pues casi todos hablaban calabrés. Y en esa época se convirtió un grupo importante de líderes: Rolf y Hugo Salvioli, Roy Mazzuchi, Pedro Sánchez, Antonietti, Sciorra, los Borén, Rovira (en Rosario), Barjollo, etc.

Fue una época de esfuerzos heroicos y de ejemplos ilustres. Yo sentía que había miembros a quienes “no era digno de desatar la correa del zapato.” Así me sentía al lado de hermanos de la talla espiritual y la humildad de Juan Carlos Párraga o Alejo Villarruel. Una vez iba por City Bell en auto y vi al Hermano Villarruel que iba en un carrito, con toda la familia, tirado por un caballo. Rolf Salvioli, otro hombre tan luchador. Pero en esa época había una humildad absoluta, reverencia total a las autoridades generales, y no teníamos ningún sentido de ambicionar autoridad o poder.

Máximo Corte era un personaje inolvidable. Samuel Borén también hizo mucha obra en La Plata. Los Ávila, Miguel y Juan Carlos también han hecho muchísimo por la Misión. También Federico Williams. Y El Loco [Lyman Sid] Shreeve, que tocaba con los Hilly Billy Boys. Él era Presidente del Distrito de Rosario cuando yo era Presidente de Rama. También recuerdo a Ronald Stone y al Élder Keith Schoffield.


El Presidente W. Ernest Young
El Presidente Young

Otro de los grandes ejemplos de aquella época fue el del Hermano Ernest Young, un hombre con humildad y total disposición de servicio. Fue presidente de la Misión Argentina en dos oportunidades y sus hijos fueron misioneros. Su hija también fue misionera en dos oportunidades, una bajo la dirección de su padre y otra como esposa del Presidente de la Misión Valentine.

El Presidente Young se adaptaba a todo. En una oportunidad, en Rosario, la familia Pérez lo recibió en el patio junto a un gallinero. Y allí fue él al gallinero. A veces lo despertaban a las dos de la madrugada: “Hermano Young, tengo un pariente enfermo y necesito que me lleve a tal lugar”. Entonces arrancaba el auto y los llevaba. Fue un ejemplo de trabajo, humildad y sacrificio.

El Presidente Young volvió para la Conferencia de Área de 1976, 41 años después de su primera misión. Nos encontramos en el Estadio Luna Park, que estaba lleno de gente. El hermano Young me abrazó y lloraba como un niño. Me decía: “Estoy viejito, Rodolfo.” Le señalé la multitud que colmaba el estadio y le dije: “Hermano Young, mire a toda esta gente. Esta es su obra.” Y es la verdad, esa había sido su obra, porque lo que hizo el Hermano Young fue el fundamento de la Iglesia en Argentina. Fue el hombre pionero que impulsó el crecimiento de la Misión Argentina.


El Élder Ben Rich Allen
“LLeváme yerba”

Uno de los misioneros que recuerdo con más cariño es el Élder Ben Allen. Se había acostumbrado a tomar mate, y le costaba mucho dejarlo. Ben Allen me decía: “Rodolfo, esta semana no tomo mate.” Si no cumplía la promesa, entonces esa semana tenía que pagarme la entrada para ir al cine. Y cuando se iba de regreso a los Estados Unidos, se despidió de mí y me dijo: “Rodolfo, cuando nos muramos y nos encontremos allá arriba... acordáte de llevarme yerba.”



1. Eran siete en la fecha de mi bautismo: 2 mujeres y 5 varones. (Volver)

2. Papá quedó ciego a los 60 años y murió a los 90. (Volver)

3. En el año 1949, el total de miembros [en La Plata] era 53. De manera que en los primeros 11 años hubo un promedio de cinco bautismos por año. (Volver)