Como la rosa
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EL ASEDIO DE TROYA
por Matthew Lambert
Traducción por Hugo Olaiz

Here, no esperes conocer todos mis pensamientos, pues te acarrearía terribles consecuencias, aunque seas mi esposa. Aquel que me convenga que no ignores, ninguno de los dioses y de los hombres lo sabrá antes que tú; pero guárdate de averiguar el que yo imagine lejos de los dioses. --La Ilíada

Pero yo nunca estuve convencida de que él venía a buscar esposa, qué esperanza. Porque la verdad sea dicha, siempre prometen que van a escribir y que van a volver, pero casi nunca lo hacen. Rebeca me dijo una vez que de los trescientos y pico de misioneros mormones que habían pasado por Trenque Lauquen en los últimos veinte años, más o menos la mitad habían prometido que volverían de visita, pero que sólo tres habían vuelto, y que los tres que habían vuelto lo habían hecho con la esposa y con los hijos. Así que cuando estábamos en la reunión de presidencia y la Hermana Ortega nos contó que el Élder Allen volvería de visita, de los Estados Unidos, y que todavía estaba soltero, fue como si hubiera largado una bomba. Ya hacía más de dos años que Allen había terminado la misión, y yo no sabía qué pensar. Porque cuando vienen como misioneros es una cosa, pero cuando vienen de civiles es otra, son gente como uno, que hace amistades y a veces se enamora y a veces piensa qué idiota que fui, y se arrepiente mil veces de haberse enamorado.

Tenemos reuniones de presidencia todos los miércoles. Rebeca es la presidenta de la Sociedad de Socorro, yo soy la primera consejera y la Hermana Ortega es la segunda. Hacemos las reuniones en la biblioteca municipal porque Rebeca es la bibliotecaria, y como a la biblioteca nunca va nadie, es mucho más tranquilo que hacerlo en cualquiera de nuestras casas. Y un miércoles estábamos en plena reunión y la Hermana Ortega nos cuenta lo del Élder Allen. Y nos mostró la carta que él le había escrito. Decía que llegaría el martes 17 en el tren de Buenos Aires, y que si fuera posible le gustaría hospedarse con ella. Y había firmado la carta "Troy", o sea que ese era el nombre de pila. Y yo ni siquiera me había dado cuenta de que claro, tanto llamarlo Élder Allen de aquí y Élder Allen de allá, pero la verdad es que se llamaba Troy, y la verdad es que Troy me pareció un nombre muy bonito.

Por un lado me alegro de que nosotras hayamos sido las primeras en enterarnos. Porque al fin y al cabo nosotras tenemos una responsabilidad con las hermanas de la Rama, y sobre todo con las chicas de mi edad, que son las más jóvenes y las más fantasiosas, y que con tal de casarse con un gringo serían capaces de venderle el alma al Diablo. Especialmente Sarah Ayala, que es una que Dios me libre. Se la da de no sé qué, y todo porque es Sarah con Hache y porque estudia inglés en el Instituto Británico.

Rebeca dijo que sabía perfectamente lo que iba a ocurrir cuando las chicas de la Rama se enteraran: se revolucionarían de la manera más escandalosa, se pondrían histéricas, empezarían a gritar y la Rama se convertiría en un conventillo. Así que le dijo a la Hermana Ortega que la noticia quedara entre nosotras tres. Pero la Hermana Ortega dijo que si no le avisábamos a nadie podía ser peor el remedio que la enfermedad. Y Rebeca lo pensó y le dijo que tenía razón, y aunque a Sarah con Hache las tres la teníamos atragantada aquí, que la llamara por teléfono y que se lo dijera como algo confidencial, para aplacar así un poco el hambre de las fieras, que están tan desesperadas que si nos descuidamos son capaces de comernos vivas a nosotras.

Y así se hizo. Y es seguro que entre ese día y el 17 Sarah con Hache se atragantó estudiando más inglés que nunca, para poder impresionarlo cuando llegara. Y el domingo en la capilla me saludó con una arrogancia que yo hubiera querido matarla, me saludó casi como diciendo yo sé un secreto que vos no sabés, y yo pensaba la cara que vas a poner el martes, cuando llegues a la estación y descubras que no sos la única para darle la bienvenida al Élder Allen. Y eso fue más o menos lo que pasó, porque el martes Sarah con Hache me vio en la estación y se le vino el alma al suelo. Y cuando llegó el tren el Élder Allen bajó pero nosotras no lo reconocimos porque claro, no venía de camisa y corbata, sino con vaqueros y una mochila, y eso me decepcionó un poco porque yo me acordaba de qué bien que le quedaba el traje. Allen nos abrazó y nos dio un beso en la mejilla a cada una, y nos explicó que ya no era el Élder Allen sino simplemente Troy, y que por favor lo tratáramos de vos. Y fue algo un poco extraño, porque era como besar a un misionero, pero claro, ya no era un misionero, pero era tanta la costumbre que al principio me costó.

Entonces le expliqué, delante de Sarah con Hache, que yo había venido con un remisse para llevarlo a la casa de la Hermana Ortega, y a Sarah con Hache no le quedó mas remedio que despedirse, pero antes de hacerlo le dijo a Troy que por favor fuera esa noche a cenar a la casa. Y entonces me encantó lo que pasó, porque Troy le dijo que en realidad estaba un poco cansado y que lamentablemente no iba a poder ir. Y Sarah con Hache puso una cara que nunca me voy a olvidar. Pero tan cansado yo digo que no estaría, porque cuando llegamos al remisse Troy le dijo al remissero que muchas gracias, pero que preferíamos caminar. Y así es que fuimos caminando los dos, yo al lado de Troy, y todo el pueblo nos miraba pasar, y me relojeaban como diciendo ajá, así que un Johnny te vino a buscar de Norteamérica, ya era hora, para casarse y tener hijos es para lo único que sirven estos mormones.

Yo estaba tan nerviosa que no sabía qué decirle. Le pedí que me contara algo de su vida, y me contó que era alumno en una universidad en New York o en Newark, esa parte no la entendí bien, y me dijo que estudiaba literatura. Y le pregunté si el nombre Troy significaba algo. Y me dijo que Troy era una ciudad muy antigua y muy famosa, porque los griegos la habían sitiado por muchísimo tiempo sin éxito, y no podían penetrar, hasta que al final se metieron en un caballo de madera y entraron mediante esa estratagema. Y recién entonces me di cuenta de que Troy era Troya. Todo el inglés que yo sabía era el de la secundaria, era un verdadero desastre, y me desesperaba de pensar qué iba a pasar, porque Sarah con Hache sí que hablaba inglés. Y no sólo que lo hablaba, sino que además lo entendía y lo escribía y lo leía. Y cuanto más caminábamos más pensaba yo en Sarah con Hache y más bronca me daba, y cuando llegamos a lo de la Hermana Ortega lo dejé enseguida y fui a la biblioteca, casi llorando.

Rebeca me dijo que no me preocupara, que Sarah con Hache tenía el conocimiento pero que nosotras teníamos la astucia, y que a menudo la astucia vale mucho más que el conocimiento. Me dijo que Troy era un enigma que nosotras teníamos que resolver. Y entonces fue y llamó por teléfono a la Hermana Ortega. Yo creo que si Rebeca le hubiera dicho que se tirara al río Trenque Lauquen, la Hermana Ortega lo habría hecho. Pero todo lo que le dijo fue que cuando Troy no estuviera, que entrara en el cuarto y que le revisara los papeles, y que al día siguiente, que era miércoles, nos contara qué había encontrado.

Así que al día siguiente, en la reunión de presidencia, la Hermana Ortega nos presentó un informe. Y nos dijo que había encontrado varios papeles, que algunos parecían cartas y otros poemas, pero que estaban todos escritos en inglés. Y además que había un libro que aparentemente Troy leía a la noche, que también estaba en inglés. La Hermana Ortega había anotado el nombre del autor, para no olvidarse, y lo traía escrito en un papelito. Rebeca y yo le dimos las gracias, y Rebeca dio la reunión por terminada, que era una manera elegante de decirle a la Hermana Ortega rajá de acá porque ya no te necesitamos. Y cuando se fue abrimos el papelito y leímos que decía "D.H. Lawrence". Para mí ese nombre no significaba nada porque era un autor del que no había oído jamás de los jamases. Pero Rebeca me miró como diciendo acá hay gato encerrado, y me contó que en otra época tenían en la biblioteca un ejemplar de una novela escrita por D.H. Lawrence, pero que por pedido del Arzobispo de Trenque Lauquen la habían sacado de circulación. Y yo le pregunté si no habría alguna otra cosita del mismo autor. Y después de pensar por un rato Rebeca se fijó en una antología de poesía norteamericana, que por suerte estaba traducida, y finalmente encontramos un poema, que tal vez fuera la única obra de D.H. Lawrence en todo Trenque Lauquen.

El poema se llamaba "Los elefantes tardan mucho en aparearse". Y la verdad es que era un título muy extraño, pero no tanto el título como el poema, que leí varias veces y del que no entendí absolutamente nada. Entonces le pedí, le rogué a Rebeca que leyera el poema conmigo y me explicara el significado, porque ese poema era la única clave para resolver el enigma. Y Rebeca se puso los anteojos de leer, y lo leyó conmigo, y a medida que lo leía fue frunciendo el ceño, cada vez más frustrada. Entonces dijo no se qué de lo que ocurre cuando alguien trata de traducir un poema. Y agregó que en realidad muchas veces la poesía no significa absolutamente nada, o significa algo tan sutil que es muy difícil de explicar, y que a veces tratar de explicarlo es como hacer la disección de un sapo, que para poder entenderlo hay que abrirle todas las tripas, y cuando está perfectamente explicado también está perfectamente muerto. Así que me quedé en ayunas sobre el poema. Pero por las dudas lo copié en una hoja, y me lo llevé a casa, y lo leí muchísimas veces hasta que al final lo memoricé, porque tal vez tendría alguna ocasión de estar a solas con Troy, y es cosa bien sabida que cuando una pareja se queda a solas lo primero que hacen es empezar a recitar poesía y a los cinco minutos están enamorados como dos idiotas.

Y la ocasión llegó mucho antes de lo que yo me esperaba, porque Troy me mandó decir que si quería que fuera esa noche a lo de la Hermana Ortega, porque iban a hacer empanadas. Y cuando llegué, a eso de las ocho, se me vino el alma al piso, porque allí estaba Sarah con Hache, meta hablarle y hablarle en inglés, quién sabe de qué le hablaría. Y cuando Troy me vio le dio una alegría que no se podía disimular, creo que nunca antes Troy había estado tan feliz de verme. Y me saludó muy efusivo y le dijo a Sarah con Hache que nos disculpara, pero que justo yo lo pasaba a buscar porque teníamos una cita, y que muchas gracias por la visita pero que ya nos íbamos. Y yo creo que a Sarah con Hache casi le dio un ataque, casi se cae redonda de sorpresa y de rabia ahí mismo enfrente de nosotros.

Y Troy me agarró del brazo y empezamos a salir, y mientras nos alejábamos me dio las gracias por haberlo rescatado, y eso me causó muchísima gracia, me hizo reír a carcajadas, porque me di cuenta de que lo único que a Troy le interesaba hacer con Sarah con Hache era sacársela de encima. Y ya que habíamos salido Troy me invitó a tomar un helado. Así que fuimos a la Heladería Los Polos, que queda en pleno centro, y después nos cruzamos a la plaza para tomar el helado y conversar. Y era la primera ocasión que yo tenía de conversar a solas con él, así que me puse terriblemente nerviosa. Pero al rato me tranquilicé, porque Troy estaba tan tranquilo, y me hablaba de muchas cosas, especialmente de su vida en la universidad y de los amigos y de las cosas que hacía.

Troy me preguntó si me gustaba leer, y si había leído algo últimamente. Y yo le contesté que acababa de leer algo de D.H. Lawrence. Y cuando le dije eso abrió los ojos bien grandes, que casi se le saltan de las órbitas. Y me preguntó qué había leído de D.H. Lawrence, y le contesté que había leído el poema de los elefantes, y que la verdad sea dicha, no había leído nada más. Y entonces le conté que en la Biblioteca Municipal había habido en una época una novela de Lawrence, pero que la habían sacado de circulación por pedido del Arzobispo de Trenque Lauquen. Y eso pareció causarle mucha gracia. Troy me dijo que D.H. Lawrence era su escritor favorito, y que me habría dejado una novela, pero que lamentablemente estaba en inglés.

Entonces le dije que había memorizado el poema de los elefantes, y que si quería que se lo recitaba, pero no pareció muy entusiasmado con la idea. Me preguntó si conocía de memoria algún poema español. Y la verdad que el único poema que yo recordaba más o menos bien era el Poema Sonámbulo de Federico García Lorca, y empecé con aquello de verde que te quiero verde, verde viento, verde ramas. Y a medida que lo fui recitando se hizo una especie de hechizo, y Troy me prestaba una atención absoluta. Y cuando llegué más o menos a la mitad del poema me olvidé de cómo seguía. Pero igual no sé si hubiera podido seguir, porque en ese momento Troy empezó a pucherear y a sollozar, y al final se puso a llorar, lloraba y me pedía disculpas, lloraba y me pedía disculpas una y otra vez. Ya saben cómo son los gringos, que no les gusta perder la compostura y cuando la pierden siempre piden disculpas y al fin y al cabo uno ya no sabe si están llorando por lo que están llorando o si están llorando de la vergüenza que tienen de no poder dejar de llorar.

Y yo no sabía qué decirle ni qué pensar, pero cuando se calmó un poco pensé que sería un buen momento para hacer un chiste, y le dije que dónde estaban las empanadas que me había invitado a comer. Y él se rió, y se secó las lágrimas disimuladamente y volvimos a lo de la Hermana Ortega y comimos las empanadas, y después nos despedimos como si no hubiera ocurrido absolutamente nada. Así que a la mañana siguiente fui a la biblioteca, y le estaba contando a Rebeca todo lo que había pasado la noche anterior, con Sarah con Hache, y de los helados y de la plaza y del llanto de Troy, y de pronto suena el teléfono, y era un mensaje urgente de la Hermana Ortega, que Troy había decidido irse ese mismo día, en el tren de las once. Y eran como las once menos cuarto, así que si no me apuraba para llegar a la estación ni siquiera iba a poder despedirme. Así que salí a los piques, me corrí esas siete cuadras en un santiamén, me subí al tren y empecé a buscarlo en todos los vagones. Y allí estaba él, con la mirada perdida en la ventanilla, y despatarrado sobre el asiento. Así son los gringos, parece que en lugar de sentarse se acostaran sobre el asiento, y si hay otro asiento para apoyar las piernas mejor todavía.

Cuando Troy me vio le brillaron los ojos, como si nosotros dos fuéramos cómplices en algo muy hermoso y muy secreto. Se puso de pie, y me invitó a que me sentara frente a él. Yo estaba tan turbada y tan sin aliento que no sabía qué decirle. Le dije que cómo era que se iba tan pronto, sin haberse despedido ni nada. Y me dijo que era como en el poema de Federico García Lorca, que todo tiene su lugar, el barco sobre la mar y el caballo en la montaña, y que su lugar era en la universidad en los Estados Unidos. Y entonces le pregunté cómo era que hacía más de dos años que había terminado la misión y todavía no se había casado. Y Troy pensó esa pregunta por un rato. Y entonces empezó a recitarme una parte del Poema Sonámbulo, que dice "bajo la luna gitana, las cosas la están mirando y ella no puede mirarlas". Pero no estoy segura de si me estaba respondiendo o si estaba pensando en voz alta, porque por un momento me pareció que seguía con la vista perdida en la ventanilla y que me estaba ignorando por completo. Y tocaron la campana, y le di un abrazo y me despedí, y le dije que lo extrañaría muchísimo, y que no se olvidara de escribirme. Pero con el apuro del silbato, y el ruido del tren, que había empezado a moverse, la verdad es que me olvidé de pedirle la dirección. Y desde entonces él jamás me ha escrito, ni a mí ni a nadie en Trenque Lauquen, ni siquiera a la Hermana Ortega, así que todavía estamos con la duda de si vive en New York o en Newark.

En la rama circularon muchos chismes porque claro, yo fui la que más contacto tuvo con él, y Sarah con Hache quedó tan furiosa que por varias semanas ni me dirigió la palabra. Pero después cuando se dio cuenta de que Troy se había ido para siempre vino y me pidió disculpas, y al fin y al cabo nos hicimos amigas. Rebeca la llamó de secretaria, así que ahora tenemos la presidencia completa. Rebeca es muy sabia, trató de consolarnos, y tiene una manera tan especial de decir las cosas. Pero yo nunca estuve convencida de que Troy venía buscar esposa, qué esperanza. Yo ya sé que los gringos son así, que siempre prometen que van a escribir y que van a volver, pero casi nunca lo hacen. Y cuando lo hacen la dejan a una tan despistada que una piensa que para eso tal vez habría sido mejor si no hubieran venido.